La importancia del arquitecto

La historia moderna de la NBA está llena de pirámides sin terminar. Desde los Blazers de Clyde Drexler hasta los Suns de D’Antoni, Nash, Stoudemire y Marion; pasando por los Sonics de Payton y Kemp, los Jazz de Stockton&Malone, los Pacers de Reggie Miller, los Sixers de Iverson o los propios Kings de Adelman, Stojackovic, Webber y Divac. Bloques fantásticos que jamás conocieron la sensación de ponerse un solo anillo, y que siempre quedaban con la miel en los labios. Pero en San Antonio Spurs pasa una cosa, y es que tienen a uno de los mejores arquitectos de la historia del baloncesto. Se llama Gregg Popovich, y es un viejo cachondo, pero muy astuto.

Popovich reconstruye una y otra vez el bloque, lo renueva cada año, y cada temporada vuelven a ser aspirantes. De esta manera San Antonio lleva 13 años sin bajar de las 50 victorias. Pero las cosas claras, este genio de origen serbio se lo debe todo a la lotería del Draft de 1997, cuando los planetas se alinearon para que los Spurs consiguieran el pick nº1 con un fabuloso golpe de suerte. Un golpe de suerte que se llamaría Tim Duncan y regalaría 4 títulos de la NBA a la franquicia tejana. Duncan tardó dos años en colocar al equipo en las Finales. Los Spurs derrotaron a los Knicks en aquel campeonato del 99, en el que Duncan se apoyó en gente como Mario Ellie, Avery Johnson y por supuesto “El Almirante” David Robinson. Pero el grupo terminó disolviéndose y debemos dar un salto al año 2002.

2002 es el año de la llegada de Manu Ginóbili, y para mi el punto de inflexión para comenzar a hablar de la arquitectura de Popovich. Los Spurs habían elegido al habilidoso escolta argentino tres años antes en el número 57 del Draft, y por aquel entonces no entraba en los planes de Popovich (también General Manager de la franquicia en aquellos años). Sin embargo, la explosión del genio de Bahía Blanca en Italia (donde fue dos años seguidos MVP de la liga, y MVP de la Euroliga en 2001) hizo que por fin diese el salto al baloncesto americano.

Desde que Ginóbili puso los pies en San Antonio Popovich supo que tenía entre manos a un diamante en bruto. Por fin tenía las bases de su pirámide. Ya tenía a tres jugadores sobre los que cimentar su nuevo superproyecto: el primero era, cómo no, Tim Duncan, el segundo era Manu Ginóbili, y el tercero no era ni mucho menos Bruce Bowen, sino un tal Tony Parker. Un jovencísimo base francés muy rápido y con mucho talento(aunque lógicamente mucho más verde que ahora), y que ya llevaba un año en la liga. Siendo elegido con el pick 28 del Draft de 2001, la temporada de rookie de Parker había sido escandalosa, y Popovich ya tenía a su base.

Los niños de Popovich

A partir de esos cimientos, Popovich se ha valido de su inteligencia para terminar pirámides a base de ladrillos y piezas más pequeñas, pero no por ello menos importantes, encajadas a la perfección para llegar a la cúspide. Os hablo de un Fabricio Oberto, os hablo por supuesto de un Bruce Bowen, os hablo de un Robert Horry, os hablo de un Brent Barry, de un Rasho Nesterovic, de un Michael Finley, y, por qué no, de un Matt Booner.

Tres anillos después, los Spurs de Duncan&Parker&Ginóbili llevan 4 o 5 años con la etiqueta de “equipo viejo”. Pero el maestro (el arquitecto) Popovich ha dado una auténtica  lección de gestión en los últimos dos años. Dos campañas en los que los tejanos han terminado la temporada regular como el mejor equipo de la liga. El año pasado se toparon con unos Grizzlies muy mentalizados, y superiores a ellos físicamente, pero no podemos desestimar el año pasado si queremos evaluar el presente. Ya el año pasado llegó Tiago Splitter, ya el año pasado DeJuan Blair era un tío importante en la rotación y ya el año pasado el gran Popovich había descubierto a un gran jugador de rol como Gary Neal.

Sin embargo, lo de este año es la bomba. Los Spurs empezaron bien el verano colocando en Indiana (su tierra natal, y donde por cierto, me está sorprendiendo gratamente su rendimiento) a un George Hill que parecía ya fuera de lugar, a cambio de Kawhi Leonard, un alero rookie de corte defensivo y con brazos larguísimos (hace poco leí que el muchacho tiene más envergadura que Andrew Bynum, por ejemplo) procedente de San Diego State. Su rendimiento está siendo maravilloso. No menos sorprendente es lo de Danny Green, un chico que en dos campañas enteras no ha jugado ni 30 partidos, y en ellos no llegando a pisar la cancha ni 8 minutos de media. Pues bien, Popovich le ha dado oportunidad este año a este joven escolta de Carolina del Norte y el chaval ha dado frutos (9’1 pts, 3’5 rebs y 1 robo por noche).

Pero ahí no queda la cosa: a los resistentes cimientos (Duncan, Parker y Ginóbili) de una pirámide que se ha lavado la cara en estos dos años rejuveneciendo sus paredes (Splitter, Blair, Neal, Leonard, Green), le sumamos selectas contrataciones inyectadas con precisión por el minucioso visturí de Popovich como son las de Stephen Jackson (que vuelve al equipo tras haber ganado aquí un anillo en 2003 tras muchas temporadas fuera del plano competitivo), Boris Diaw (otro veterano con muchísima clase, muchísimas batallas en el cuerpo y sobre todo muchas ganas de volver a jugar partidos importantes) y Patty Mills (un base de garantías sobradamente preparado para ser suplente de Parker). El resultado es un equipo tremendamente competitivo, aspirante a todo, como todos los años, pero más favorito si cabe. Ahora mismo, conseguir que un equipo en el que las estrellas son Timmy Duncan (36 años) o Manu Ginóbili (34) esté entre los mejores con superplantillas como los Thunder de Durant o los Heat de LeBron es una auténtica proeza, sólo al alcance de arquitectos natos como Gregg Popovich. Desde aquí mi enhorabuena al viejo cabrón por ese merecidísimo premio de Entrenador del Año.

PERSONAJE: Popovich siempre ha sido un entrenador muy carismático, y como vemos no se corta un pelo al protestarle a los árbitros

PD: La primera y última vez que Popovich fue nombrado Entrenador del Año, los Spurs terminaron siendo campeones.

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